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A la vida

No le pidas a la vida que corra demasiado, déjala que pase a su ritmo, ella sabe lo que hace.

Deja de pensar que el tiempo pasa demasiado lento o demasiado rápido; no seas egoísta con el reloj porque otros pueden desear justo lo contrario. Sólo vive, equivocate, experimenta, ama.

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3 minutos

“Tres minutos al día, sólo durante tres minutos al día, deja tu mente en blanco.

Piensa nada más que en tu respiración y al ritmo de tu respiración”.

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Tres minutos al día para dejar de pensar qué hiciste ayer, qué harás hoy y qué harás el resto de tu vida.

Tres minutos para ganar la batalla a los remordimientos, los problemas, las soluciones, las esperanzas y desesperanzas imaginarias.

Tres minutos durante los que no salvarás el mundo, ni tu vida, ni la vida de los demás; sólo tres en los que dejar de ser heroína y víctima al mismo tiempo.

Tres minutos sin rencores, tristezas, fantasías, lamentaciones; sólo tres sin ser la pitonisa de tu suerte, la curandera de tus males, el chamán de tus malos espíritus.

Tres minutos para vagar sin prisa y sola por los caminos del silencio

Tres minutos para aprender a poner orden a tus ideas, cambiar los pensamientos, guiar las sensaciones, entender las actuaciones. Tres para aprender a priorizar, desenredar, abatir miedos, asumir, superar y volver a disfrutar.

Tres minutos para entender que no puedes controlar qué pasará en el futuro, ni cambiar nada del pasado.

Tres minutos para descubrir cómo templar los nervios, cómo disfrutar de una canción, de una caricia, de un momento. Tres para educar los altibajos, los berrinches, las rabietas.

Parecen pocos 3 minutos al día con sus 180 segundos, con sus 180 oportunidades de aprender a controlar a tus pensamientos.

Ojalá superase los 5 primeros.

Objetivo: Parar para poder avanzar

Resultado: Intento fallido

Estado actual: En proceso de superación, PA

 

Tres minutos para aprender a poner los cinco sentidos, en las cosas que realmente importan:

 

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De princesas

Salió la princesa del cuento en el que los príncipes azules eran para toda la vida, la magia potagia se guardaba en frascos pequeños y comer perdices era el mejor de los finales.

Salió forzada por el dolor, la desesperanza y la humillación sufrida por haberse equivocado de historia.

Abandonó pues el cuento a través de las pesadas tapas que ya estaban cerradas, cegada por no saber moverse en un mundo que nunca había imaginado.

Portaba sólo un bola de cristal que, ocasionalmente, le mostraba todo lo que ella quería saber. La bola, que tan en estima tenía a la princesa, dulcificaba las imágenes y las palabras para hacer su camino más llevadero.

Pero un día, cansada de reflejar lo mismo, la bola quitó los filtros que mantenían con vida a la princesa y le desveló todo lo que nunca necesitó saber.

Ese día, no pudo hablar, ni comer, ni respirar.

Decidió, no sin mucho sacrificio, aliviar el apego que tenía a aquella bola y hacerla añicos en el primer muro que encontrase en su camino.

Tras un incierto e insuficiente tiempo, la princesa seguía sin hablar, ni comer, ni respirar pero tropezó con las murallas más gruesas y altas que nunca había visto:

“Bienvenidos a Nunca Jamás”

Aturdida, confusa y amarrando el último resquicio de esperanza que le quedaba, la princesa entró allí, para nunca jamás salir.

Nunca Jamás (1)

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Selección natural

“Sólo sobrevivirán aquellos seres con la capacidad necesaria para adaptarse al medio”

¿Acaso se puede vivir de otra manera?

Los adultos no dejamos de admirar la capacidad de los niños para aprender cosas nuevas: andar, hablar, conocer amigos, las clases de un colegio, las normas… Y no podría dejar de reconocer esta virtud pero ¿no es la adaptación de un adulto infinitamente más compleja que la de un niño?

A lo largo de nuestra vida no dejamos de adquirir costumbres, nos habituamos a una familia, a unos amigos, a un nivel de vida, a un oficio, a un pareja, a tener buena salud, estabilidad; nos acostumbramos con una ligereza asombrosa a todo aquello que nos permite vivir cómoda y felizmente.

Por eso nos sucede que, cuando algo se fisura, se quebranta o se rompe, sentimos fragilidad, vértigo, miedo, colapso mental  y hasta físico. ¿No es mucho más difícil que un adulto se desacostumbre, des-aprenda y re-aprenda?

Es inmensamente complicado, angustioso y temeroso advertir que tu costumbre no ha provocado sino debilitarte ante las adversidades de la vida. Es tristemente irrefutable comprender que sólo los golpes duros fortalecen tu espíritu y tu actitud. Es desesperante pensar que tiene que venir una enfermedad, un accidente, una pérdida, un despido o una ruptura para recaer en que esta vida es una pura y dura adaptación al medio.

Resulta desalentador saber que sólo uno mismo tiene el poder para resurgir, para sobrevivir, para echarle coraje y salir adelante. Porque seguramente, todos a tu alrededor te ayuden, pero es la intención personal la que decide hacerlo. La actitud es tan importante como la fortaleza para adaptarse y eso, eso es demasiado íntimo.

Porque es un reto abordar que, sólo convirtiendo la pena en alegría cambia el mundo, que sólo cambiando el pesimismo en optimismo surgen las nuevas oportunidades y que sólo tornando la debilidad en fortaleza superamos con éxito lo nuevo y desconocido.

Son los niños los que aprenden todo desde cero, admirable sin lugar a duda; pero son los adultos los que se enfrentan a la dura tarea de retroceder para coger carrerilla, de tener que enterrar para que vuelva a florecer, de caer en la oscuridad para poder ver la luz.

Darwin no se equivocaba, sólo los que sean capaces de adaptarse al medio sobrevivirán por eso, a veces, hay que dejarlo todo, para aprender a sobrevivir.

Mariposa