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¡No me borre las arrugas!

10 años después vuelvo a hacerme la foto para renovar el carnet de conducir. Estaba deseando hacer la típica comparación entre el antes y el después, cuando iban a borrarme las arrugas de la cara:

“¡No me borre las arrugas!”

No me borre las arrugas porque eso sería como borrar 10 años de mi vida. No borre esas líneas que delatan tantos años, tantos meses, tantas semanas, tantos días, tantas horas pero sobre todo, tantos momentos.

No borre tantos nervios, tantos exámenes en la mochila, tantos madrugones con olor a libros y a café.

No borre ni una decepción sufrida, ni una lágrima derramada y mucho menos las que no pude derramar. No quite de mi cara los surcos de esos llantos angustiosos que tanto me han enseñado y de los que tanto me queda por aprender.

No borre de mi cara cada lamentación por las decisiones mal tomadas, por la impotencia de no poder volver atrás, por el sufrimiento de pensar que podría haber sido de otro modo, o no.

No borre ni uno de los hoyuelos que tantas carcajadas han soltado, de tantos años de felicidad absoluta y plena, no borre esa expresión que delata que he tenido, y tengo, personas maravillosas y excepcionales a mi lado.

No borre ni uno de los mohines que me descubren sin palabras, por que cada uno de ellos economiza mis explicaciones, mis charlatanerías, mis excusas, mis arrebatos, mis disgustos, mis desacuerdos.

No borre las arrugas de los treinta porque son las que me convencen de que el tiempo no pasa en balde. Son las que me recuerdan que he caído más veces en la misma piedra, y nunca me ha gustado el golpe.

Si me borra usted las arrugas, todo el mundo pensará que sigo teniendo la ingenuidad de la adolescencia, que todo ha sido facilísimo para mí y nunca en mi calendario he tenido un día en rojo.

Si me borra la expresión de la mirada puedo perder imágenes que jamás quiero olvidar, incluso cuando el cerebro no sepa interpretarlas, ahí también, quiero conservarlas.

Sí, prefiero quedarme con mis arrugas y poder compararme dentro de diez años tal y como hago ahora. Poder ver la fotografía y hacer un repaso rápido por lo que habrá sido mi vida. Recaer en lo poco que sé ahora y cuánto sabré a los cuarenta. Prefiero comprobar cómo tengo más arrugas que ahora, más lamentos, más risas, más sofocos, más alegrías, más cosas que contar, más de las que arrepentirme, más piedras sobre las que tropezar, más mohines, más vida, más momentos.

Nano&Esther

Nano&Esther

 

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Vacaciones Santillana

Somos demasiado pequeñas para poner el despertador por eso, es mi padre el que nos avisa, con voz muy bajita, como si luego alguien siguiese durmiendo, que: “Ya es la hora”.

A las 6.00h de la mañana el sol aún no ha salido pero las maletas están hechas desde ayer y el coche ya está cargado. Sólo tenemos que preocuparnos por vestirnos con “el equipito” que lleva dos días colocado en las sillas del comedor como símbolo inequívoco de que NOS VAMOS DE VACACIONES.

Los viajes en coche no son especialmente agradables para mí excepto por la hora en que decidimos parar a desayunar y respirar un poco de aire fresco. Para ese momento el sol ya ha salido y la ensoñación de la mañana pasa a ser una realidad cada vez más cerca de la playa. Pero ya nos queda menos, ya divisamos la ciudad, ya buscamos entre montañas y autovía un  mínimo resquicio de mar que nos haga entender que, por fortuna, hemos llegado nuestro destino.

Bajamos las cosas con muchísima más facilidad y rapidez con que las hemos subido al coche. No vemos el momento de echarnos la crema y bajar a la playa. Porque la playa, esa playa de cuando éramos pequeños, no es la misma que la de ahora. ¿Qué ha sido la igual durante de siglos? Pues ha cambiado tanto en mi cabeza en solamente veinticinco años que nadie lo diría. Abandonar el Valle del Guadiato entonces, para ir a la costa, era como abandonar el castillo en busca de otros mundos. Por eso, una vez allí, el mar se nos antojaba tan fascinante, tan increíble, tan grande, tan bonito… que en realidad nos sentíamos dentro de otro mundo.

Pero las vacaciones no eran sólo playa. En vacaciones nos olvidábamos del libro Santillana, compartíamos habitación con alguno de mis queridísimos primos hermanos que nos acompañaba siempre. En vacaciones íbamos al parque de atracciones, a ver los pueblecitos de la costa, barcos más grandes que mi propia casa. En vacaciones comíamos helado a diario, comidas muy ricas y estrenábamos camisetas cada dos por tres. ¡Es que las vacaciones de antes eran tan emocionantes!

En esos días, hemos reído tanto con mi Muñeca de Reyes, que casi no podíamos respirar de la risa. Y es que viendo fotos antiguas (muchas que no puedo subir al blog) parezco revivir cada momento olvidado, cada imagen que está dormida en mi memoria esperando que la rescate para hacerme sonreír.

Ojalá siempre fuesen vacaciones infantiles, abierta a nuevos planes, a nuevos destinos, a nuevas aventuras. Ojalá siempre disfrutáramos de la misma manera de un helado, de rebozarnos sin escrúpulos en la arena, sin estar pendiente del bañador o del aspecto que podamos tener. No podemos volver a ser niños, pero sí rescatar la inocencia y naturalidad de entonces para saborear, como ya lo hacíamos, las Vacaciones Santillana.

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Nos vamos a por moras

En junio, el final de las clases nos da la llave hacia unos interminables meses de verano. La verja del colegio se cierra para abrir paso a unas calles que no acaban, unos días que no ven llegar la noche y un calendario que sólo marca festivos.

La vida con mi amiga Verónica no cambia demasiado excepto por el momento en que mi madre me dice “nos subimos a casa”. Esas temidas palabras pasan de escucharse a las 20.00h a algo más de las 00.00h cuando todas las vecinas de la Calle Federico Mayo ya han salido a “tomar el fresco”.

Esos días de verano, con bastante más facilidad que en invierno, consigo dormir con frecuencia en casa de mi prima Sara o de mi amiga Verónica. Pero uno de los mejores momentos llega, sin duda, cuando ella me anuncia: “haz la maleta, te vienes con nosotros al campo”.

Nuestras dos habitaciones se convierten entonces, en una preciosa casita de campo, las calles hasta el parque pasan a ser los caminos hasta el arroyo y los barrios lejanos y prohibidos se cambian por parajes abiertos llenos de animales, pozos y flores. La piscina nuestra cancha, el porche nuestro retiro y las moras nuestra aventura.

Llevamos varias bolsas porque pensamos traer moras para toda la familia. La distancia ya no es un problema y vamos desnudando todas las zarzas que se encuentran a nuestro paso…y las de un poco más allá. Las heridas de guerra que bañan nuestros brazos y piernas no son sino señal de un trabajo bien hecho y del que nos podemos sentir orgullosas. Después de toda una tarde de recolecta y un poquito de sangre, tenemos moras para el postre, moras para hacer flan, moras para hacer batido, moras para la nevera, moras para ahora, moras para luego ¿os he dicho ya que nos gustaban mucho las moras?

En aquel campo aprendí a buscar agua subterránea con un palo, a maquillar y peinar a sus pacientes y encantadoras hermanas mayores, a echar a un sapo de la piscina sin necesidad de tocarlo, a contemplar las estrellas en la inmensidad y tranquilidad de la noche. Pero lo más importante que aprendí en ese campo y en esa casa de Federico Mayo, es que se pueden tener dos familias completas, dos cocinas en las que tomar pan con Nocilla, dos dormitorios en los que soñar por la noche.

Debemos lo que somos hoy en día, en gran parte, a la infancia que hemos tenido, al desafío de sobrevivir a la adolescencia y a los obstáculos que de mayor nos pone la vida. Jamás estaré lo suficientemente agradecida a esta segunda familia D.C. que tantos valores me transmitió y  tanto cariño me dio. Ahora, con la perspectiva de los años, miro a Verónica con exactamente la misma ternura y si cabe aún más admiración por la persona en la que se ha convertido.

Dicen que en los últimos años de vida, los recuerdos más frescos son los de la infancia y yo tengo tantos junto a ella que, sólo por volver a ellos, harán que esos días vuelva a ser inmensamente feliz.

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Los jazmines de mi abuela

“¿Cómo seré cuando tenga 30 años?”

¿Quién no ha querido, cuando era niño, tener una bola de cristal que mostrase cómo sería a los 30? Pues ya están aquí y han llegado con una mochila cargada de recuerdos: colegio, instituto, facultad, personas que entran y salen de tu vida, amigos que perduran, experiencias buenas y malas… De todo esto tenemos un rincón en la mente que nos hace reír o llorar cuando recurrimos a él.

Pero no son esos los rincones que hoy protagonizan estas palabras. Hoy quiero hablaros de los rinconcitos del alma. Nada más puro y limpio que el alma de un niño, de tu alma cuando eras niño.

¿Cómo vuelvo yo a ese estado? Oliendo los jazmines de mi abuela.

Recuerdo entrar a ese inmenso patio en el que un florido jazmín me da la bienvenida. Atravesando las baldosas ribeteadas, veo cómo mi abuela Dolores me espera a través de la ventana de la cocina. Dentro me aguarda una metralla de besos, pan con miel, bizcochos y el sillón de mi abuelo en el que solo yo tengo permiso a sentarme.

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Recuerdo cada metro cuadrado de esa casa, los muebles, la vajilla, la cortinilla azul bajo el fregadero. Tardes interminables viendo los renacuajos del bidón de agua, capítulos de Oliver y Benji, mi regaliz “rojo-largo” que me comía cada tarde. Recuerdo perfectamente la voz dulce de mi abuela que jamás me echó una regañina.

Allí he criado gatos, conejos, pájaros, tortugas. Allí he reído, jugado, bailado, coloreado. Allí estaba mi pequeño mundo en el que las obligaciones, las notas, las facturas, los plazos y las prisas se quedaban en la puerta como auténticos desconocidos.

Este es el maravilloso rinconcito que tengo en el alma y en el que me adentro cada vez que huelo un jazmín. Y es desde aquí, desde donde he decidido comenzar este blog. Porque los años pasan, los 30 ya han llegado y todo lo que antes se quedaba a las puertas del patio, hoy parece ahogar nuestras vidas.

Pero todos tenemos el poder de volver a nuestros rinconcitos, de hacer durante un rato lo que nos gusta, vivir y saborear el momento. Todos tenemos alguna pasión que alimentar;  busca la tuya si la guardaste hace años en el baúl de los recuerdos, porque ahí estará esperándote para sacar lo mejor ti.

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