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Pan con miel y bellotas asadas

Como cada tarde, entro en la cocina de mi abuela buscando el armario azul. Allí guarda el tarro de miel con el que cada día me endulza la visita, sea la hora que sea. Nos sentamos en la mesa que hay justo en frente de la ventana, la que da al enorme patio desde el que vemos el sol, la lluvia, las nubes, los arcoiris. Sigue leyendo

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¿Por qué los hipopótamos tienen la boca tan grande?

_Tía Esther:

_ ¿Por qué los hipopótamos tienen la boca tan grande?

_ ¿Existen las hadas?

_ ¿Y los gnomos?

Apasionante la cara de mi sobrino preguntándome por la existencia de estos magníficos seres. Tanto, que si la hubieseis visto, entenderíais mejor mi respuesta:

_Sí Mario, existen todos, en tu imaginación.

Y en ese momento se zambulle pletórico en el agua por haber escuchado justo lo que sus oídos y su cabecita esperaban escuchar.

¿Hasta dónde llega la imaginación de un niño?

¿Será por ella por lo que siempre son felices?

¿Será lo que provoque que a veces hablen y rían estando solos?

¿Por ella explotarán a carcajadas sin arrancar a contar lo que querían contar?

 

¿En qué momento perdemos la capacidad de imaginar?

¿Cuándo hemos dejado de cuestionarnos por qué los hipopótamos tienen la boca tan grande, hasta el punto de no saber qué responder a un niño?

¿Sería ingenuo pensar que, todos los adultos, podemos conservar esa imaginación sin que nos tachen de locos?

Pues bendita locura que nunca me abandone, que me haga reír sin parar sin necesidad de que nadie me cuente chistes, que me ponga música en los oídos para cantar por la calle, que me cuestione de qué hablan las cigüeñas que están juntas toda la vida. Bendita locura que me haga imaginar cómo sería si…? Cómo será cuando….?

Aún puedo pintar aviones con cristales rosas y organizar obras de teatro con las sillas del salón de casa, pero debo reconocer que no lo haría sin la ayuda de Martita o Mario, porque nunca se me ocurriría salirme del orden establecido de los colores o de la aburrida armonía de un salón organizado.

Dicen que la felicidad, como la tristeza, se contagia; que las sensaciones de las que te rodeas son las que marcan tu día a día, tu forma de enfrentarte a los problemas del trabajo o las adversidades de la vida. Por eso, me gusta pensar que aún tengo pequeños cerca que me hagan parecer mayor, pero imaginar como una niña.

¿Por qué los hipopótamos tienen la boca tan grande?

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Nos vamos a por moras

En junio, el final de las clases nos da la llave hacia unos interminables meses de verano. La verja del colegio se cierra para abrir paso a unas calles que no acaban, unos días que no ven llegar la noche y un calendario que sólo marca festivos.

La vida con mi amiga Verónica no cambia demasiado excepto por el momento en que mi madre me dice “nos subimos a casa”. Esas temidas palabras pasan de escucharse a las 20.00h a algo más de las 00.00h cuando todas las vecinas de la Calle Federico Mayo ya han salido a “tomar el fresco”.

Esos días de verano, con bastante más facilidad que en invierno, consigo dormir con frecuencia en casa de mi prima Sara o de mi amiga Verónica. Pero uno de los mejores momentos llega, sin duda, cuando ella me anuncia: “haz la maleta, te vienes con nosotros al campo”.

Nuestras dos habitaciones se convierten entonces, en una preciosa casita de campo, las calles hasta el parque pasan a ser los caminos hasta el arroyo y los barrios lejanos y prohibidos se cambian por parajes abiertos llenos de animales, pozos y flores. La piscina nuestra cancha, el porche nuestro retiro y las moras nuestra aventura.

Llevamos varias bolsas porque pensamos traer moras para toda la familia. La distancia ya no es un problema y vamos desnudando todas las zarzas que se encuentran a nuestro paso…y las de un poco más allá. Las heridas de guerra que bañan nuestros brazos y piernas no son sino señal de un trabajo bien hecho y del que nos podemos sentir orgullosas. Después de toda una tarde de recolecta y un poquito de sangre, tenemos moras para el postre, moras para hacer flan, moras para hacer batido, moras para la nevera, moras para ahora, moras para luego ¿os he dicho ya que nos gustaban mucho las moras?

En aquel campo aprendí a buscar agua subterránea con un palo, a maquillar y peinar a sus pacientes y encantadoras hermanas mayores, a echar a un sapo de la piscina sin necesidad de tocarlo, a contemplar las estrellas en la inmensidad y tranquilidad de la noche. Pero lo más importante que aprendí en ese campo y en esa casa de Federico Mayo, es que se pueden tener dos familias completas, dos cocinas en las que tomar pan con Nocilla, dos dormitorios en los que soñar por la noche.

Debemos lo que somos hoy en día, en gran parte, a la infancia que hemos tenido, al desafío de sobrevivir a la adolescencia y a los obstáculos que de mayor nos pone la vida. Jamás estaré lo suficientemente agradecida a esta segunda familia D.C. que tantos valores me transmitió y  tanto cariño me dio. Ahora, con la perspectiva de los años, miro a Verónica con exactamente la misma ternura y si cabe aún más admiración por la persona en la que se ha convertido.

Dicen que en los últimos años de vida, los recuerdos más frescos son los de la infancia y yo tengo tantos junto a ella que, sólo por volver a ellos, harán que esos días vuelva a ser inmensamente feliz.

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Los jazmines de mi abuela

“¿Cómo seré cuando tenga 30 años?”

¿Quién no ha querido, cuando era niño, tener una bola de cristal que mostrase cómo sería a los 30? Pues ya están aquí y han llegado con una mochila cargada de recuerdos: colegio, instituto, facultad, personas que entran y salen de tu vida, amigos que perduran, experiencias buenas y malas… De todo esto tenemos un rincón en la mente que nos hace reír o llorar cuando recurrimos a él.

Pero no son esos los rincones que hoy protagonizan estas palabras. Hoy quiero hablaros de los rinconcitos del alma. Nada más puro y limpio que el alma de un niño, de tu alma cuando eras niño.

¿Cómo vuelvo yo a ese estado? Oliendo los jazmines de mi abuela.

Recuerdo entrar a ese inmenso patio en el que un florido jazmín me da la bienvenida. Atravesando las baldosas ribeteadas, veo cómo mi abuela Dolores me espera a través de la ventana de la cocina. Dentro me aguarda una metralla de besos, pan con miel, bizcochos y el sillón de mi abuelo en el que solo yo tengo permiso a sentarme.

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Recuerdo cada metro cuadrado de esa casa, los muebles, la vajilla, la cortinilla azul bajo el fregadero. Tardes interminables viendo los renacuajos del bidón de agua, capítulos de Oliver y Benji, mi regaliz “rojo-largo” que me comía cada tarde. Recuerdo perfectamente la voz dulce de mi abuela que jamás me echó una regañina.

Allí he criado gatos, conejos, pájaros, tortugas. Allí he reído, jugado, bailado, coloreado. Allí estaba mi pequeño mundo en el que las obligaciones, las notas, las facturas, los plazos y las prisas se quedaban en la puerta como auténticos desconocidos.

Este es el maravilloso rinconcito que tengo en el alma y en el que me adentro cada vez que huelo un jazmín. Y es desde aquí, desde donde he decidido comenzar este blog. Porque los años pasan, los 30 ya han llegado y todo lo que antes se quedaba a las puertas del patio, hoy parece ahogar nuestras vidas.

Pero todos tenemos el poder de volver a nuestros rinconcitos, de hacer durante un rato lo que nos gusta, vivir y saborear el momento. Todos tenemos alguna pasión que alimentar;  busca la tuya si la guardaste hace años en el baúl de los recuerdos, porque ahí estará esperándote para sacar lo mejor ti.

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