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De princesas

Salió la princesa del cuento en el que los príncipes azules eran para toda la vida, la magia potagia se guardaba en frascos pequeños y comer perdices era el mejor de los finales.

Salió forzada por el dolor, la desesperanza y la humillación sufrida por haberse equivocado de historia.

Abandonó pues el cuento a través de las pesadas tapas que ya estaban cerradas, cegada por no saber moverse en un mundo que nunca había imaginado.

Portaba sólo un bola de cristal que, ocasionalmente, le mostraba todo lo que ella quería saber. La bola, que tan en estima tenía a la princesa, dulcificaba las imágenes y las palabras para hacer su camino más llevadero.

Pero un día, cansada de reflejar lo mismo, la bola quitó los filtros que mantenían con vida a la princesa y le desveló todo lo que nunca necesitó saber.

Ese día, no pudo hablar, ni comer, ni respirar.

Decidió, no sin mucho sacrificio, aliviar el apego que tenía a aquella bola y hacerla añicos en el primer muro que encontrase en su camino.

Tras un incierto e insuficiente tiempo, la princesa seguía sin hablar, ni comer, ni respirar pero tropezó con las murallas más gruesas y altas que nunca había visto:

“Bienvenidos a Nunca Jamás”

Aturdida, confusa y amarrando el último resquicio de esperanza que le quedaba, la princesa entró allí, para nunca jamás salir.

Nunca Jamás (1)

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Las fotos de Gustavo

Gustavo heredó de su padre la vieja cámara de fotos que había acompañado a la familia desde niño.  El artilugio guardaba una escueta nota que revelaba:

“Hijo, aquí tienes el secreto de la felicidad de nuestra familia. Cuando algo no te guste, no tendrás más que fotografiarlo y desear con todas tus fuerzas que cambie imaginando cómo te gustaría que fuese. Si el deseo es lo suficientemente poderoso, la fotografía cambiará y con ella todo cuanto ven tus ojos”.

El chico no entendió demasiado la nota porque siempre habían vivido austeramente y su padre jamás le comentó nada de esto. Sentado frente a su vieja y ruinosa casa pensó en la soledad que le esperaba. “Si al menos tuviese una vivienda grande y lujosa en la que poder alojar a muchos amigos…” Así que Gustavo imaginó la casa de sus sueños con todas sus fuerzas, guiñó un ojo para hacer la fotografía y, tras el flash, descubrió una mansión tal cual había conjurado. Completamente fascinado con lo que allí sucedió, el chico siguió tirando carrete y tras la casa vinieron el coche, la moto, el ordenador, el interior de la caja fuerte. Durante meses fotografió todo elemento inerte que encontraban sus ojos para volverlo a su antojo y nuevo estilo de vida. Pero tanto tiempo dedico a esa labor, que todos los amigos a los que iba a invitar a su nueva casa desaparecieron de su vida “como por arte de magia”.

Un día Gustavo observó cómo su máquina había dejado de funcionar. Vacio por dentro y lleno por fuera, pensó que quizás sus deseos ya no eran tan poderosos como para hacerse realidad, pues todo cuanto le rodeaba había perdido sentido, al seguir viviendo en soledad.

Así, cogió una mochila con algo de ropa y salió de la verja de su mansión sin dedicarle un simple “hasta la vista”. Apenas cruzó la calle cuando vio un mendigo que vestía harapos, deslucía una barba mal cuidada y una mirada triste que no levantaba del suelo.  Gustavo se sintió tan mal por todo lo que había desperdiciado meses atrás, que cogió su cámara para fotografiar al mendingo. Tras un sonoro y cegador disparo, el mendigo torno en un hombre saludable, bien vestido y de dulce sonrisa. En ese momento una sensación de satisfacción infinita invadió su cuerpo.

Detrás del mendigo vinieron animales abandonados, abuelos olvidados por su familia, parejas rotas por vanidades, amistades deshechas… Para todos ellos tuvo una fotografía, un deseo tan sumamente poderoso que les hizo cambiar la vida.

Pasados los años, Gustavo albergo en las estanterías de su nueva y humilde casa, una colección fotográfica tan extensa que apenas tenía hueco para recibir a los cientos de amigos que a menudo venían a visitarle, como en los viejos tiempos.

las fotos de Gustavo